Durante su ingreso a la atmósfera terrestre, la nave Orión tuvo que soportar temperaturas cercanas a los 2.700 °C y velocidades superiores a los 40.000 km/h.

La misión Artemis II concluyó con éxito este viernes al regresar a la Tierra tras diez días de viaje, acumulando más de un millón de kilómetros recorridos y realizando un sobrevuelo alrededor de la Luna. Poco después de amerizar en el océano Pacífico, los cuatro astronautas que integraban la tripulación fueron extraídos de la cápsula Orión para someterse a los primeros exámenes médicos.
La reentrada en la atmósfera terrestre representó un desafío significativo, poniendo a prueba sistemas nunca antes utilizados con tripulación en una trayectoria similar. Durante el proceso, la cápsula Orión enfrentó temperaturas de aproximadamente 2.700 °C y velocidades que superaron los 40.000 km/h. Cada segundo era crucial, ya que cualquier fallo podría haber puesto en peligro la misión.
El administrador de la NASA, Jared Isaacman, calificó la misión como un hito importante y valoró las lecciones aprendidas con vistas a futuros lanzamientos: «Estoy muy contento con el éxito de Artemis II. Hemos adquirido conocimientos valiosos para Artemis III, programada para el próximo año.
Hay motivos tanto para celebrar como para seguir trabajando, porque esto no será un evento aislado, sino el inicio de algo que se repetirá con mayor frecuencia». El tramo final del regreso de Artemis II fue el más arriesgado. Todo comenzó con la separación de la cápsula Orión del módulo de servicio, lo que permitió exponer su escudo térmico.
Esta pieza resulta vital, ya que es la única barrera que protege tanto a los astronautas como a la nave del intenso calor generado al ingresar a la atmósfera. Los motores de control aseguraron que la cápsula descendiera con un ángulo extremadamente preciso: alrededor de -5,8° respecto al horizonte.
Este punto es crítico debido a que un ángulo más profundo incrementaría la fricción térmica y estructural hasta niveles fatales para la nave, mientras que un ángulo poco pronunciado podría hacerla rebotar fuera de la atmósfera, enviándola al espacio sin forma de redirigirla.
Superada esta etapa inicial, Orión ingresó en la atmósfera a velocidad extrema, generando un anillo de plasma incandescente alrededor de la nave. En este momento, las altas temperaturas —que rondaban los 2.700 °C— convirtieron a la cápsula en lo que visualmente parece una “bola de fuego”.
Durante esta fase, las comunicaciones entre la tripulación y el control terrestre se interrumpieron temporalmente, aumentando la incertidumbre. El escudo térmico, fabricado con titanio y cubierto por 186 bloques de material ablativo Avcoat diseñado para disipar calor mediante desgaste controlado, fue el principal elemento encargado de proteger a la tripulación.
Los problemas observados en Artemis I—cuando se detectaron desprendimientos del material ablativo—llevaron a los ingenieros a rediseñar el perfil de reingreso. En esta ocasión, se adoptó una trayectoria más directa para disminuir el tiempo total de exposición al calor, lo que a su vez requirió una mayor precisión técnica.
Una vez superada la fase crítica y reestablecidas las comunicaciones, comenzó la etapa de desaceleración. A unos 7.600 metros sobre el nivel del mar se desplegó un primer conjunto de paracaídas piloto tras liberar la cubierta frontal.
Más adelante, cerca de los 2.900 metros de altura, se activaron tres paracaídas principales que redujeron drásticamente la velocidad de descenso, pasando de más de 500 km/h a apenas 27 km/h justo antes del contacto con el agua.
Aunque el amerizaje marca el final del viaje, no está exento de peligros. La cápsula puede tocar el agua en distintas posiciones: vertical, invertida o lateral.
Para contrarrestar esto cuenta con airbags inflables diseñados para estabilizarla rápidamente tras el impacto. “Los tres aspectos clave del amerizaje son verificar que los tres paracaídas funcionen correctamente, garantizar que la cápsula esté segura para su aproximación y comprobar que sea posible abrir la escotilla sin inconvenientes”, explicó Lili Villarreal, directora de Aterrizaje y Recuperación de Artemis, en una conferencia de prensa posterior al amerizaje.